Maquiavelo no es el padre de la ciencia política

Una de las primeras lecciones que aprendemos sobre Nicolás Maquiavelo es que este famoso intelectual italiano -nacido en Florencia en 1469- fue el padre de la Ciencia Política moderna. Diplomático, servidor público y teórico político, Maquiavelo es conocido, por sobre todo, por escribir El Príncipe (1513), una obra polémica y sin precedentes en la que aconseja al «magnífico» Lorenzo de Medici acerca de las «acciones de los hombres».

En este libro, como en los Discursos sobre la primera década de Tito Livio (1517) y otros escritos políticos, Maquiavelo pone a disposición del lector atento aquellos conocimientos que ha adquirido en 15 años de experiencias acumuladas como servidor público de Florencia.

A lo largo de su obra, sin embargo y a pesar de que muchos declaren lo opuesto, Maquiavelo no tuvo la intención de fundar una Ciencia de la Política. Esta interpretación de su obra es errada. ¿Qué fue lo que hizo Maquiavelo entonces para alcanzar esta fama y llegar a ser uno de los autores modernos más citados pero menos comprendidos?

El estudio de la política ¿ciencia o arte?

Lo has leído bien. La interpretación de Maquiavelo como fundador de la Ciencia Política es equívoca y no le hace justicia a su pensamiento. Si «científico» significa empírico (el estudio de los eventos políticos por medio de la recolección y descripción precisa de hechos), entonces este término no aplica para la obra de este escritor.

Maquiavelo no recolecta o describe hechos, sino que, de manera alternativa, interpreta palabras, acciones, gestos y textos con el propósito de dar consejo, hacer predicciones y reconstruir historias. Maquiavelo no experimenta ni realiza demostraciones, ni pretende que el conocimiento que ofrece se pueda generalizar. Su conocimiento es concreto, práctico y rara vez obedece a «leyes fundamentales».

A menudo se dice que Maquiavelo fundó la Ciencia Política porque se negó a atribuir causas sobre-humanas a los eventos políticos y declaró estudiar las cosas «como son» y no «como deben ser». En este sentido, Maquiavelo era más un científico que un teólogo o un moralista.

Sin embargo, «ver las cosas como son» y no «como deben ser» no es una característica exclusiva de la Ciencia Política. Las personas que estudian los eventos políticos e interpretan su realidad también ven las cosas como son. Maquiavelo siguió los eventos políticos de su época muy de cerca para comprender el significado de las acciones políticas y las intenciones de los individuos que las llevaron a cabo; y no (como lo intentan los actuales Cientistas Políticos sin mucho éxito) para identificar leyes generales y permanentes.

Maquiavelo nunca pretendió ser un científico realista. En cambio, su objetivo era más humilde: comprender la realidad política descubriendo los significados que no se encuentran inmediatamente visibles. Su método fue más bien histórico e interpretativo que científico.

En resumidas cuentas, Maquiavelo escribió según lo que fue: un orador y un retórico. El autor de El Príncipe escribió para persuadir, encantar, inspirar, y motivar acciones políticas. Estas no son las intenciones de un científico que aspira alcanzar una verdad objetiva. La verdad de Maquiavelo siempre fue partisana, colorida, amplificada, adornada e interesada.

Ni científico, ni filósofo. Maquiavelo fue un político. Y ha de ser leído como tal. ¿Cuál es su verdad? La verdad de la república, el imperio de la ley y la virtud ciudadana.

El arte del Estado

Maquiavelo se consideraba a sí mismo como un experto en un arte que llamó «el arte del Estado» (arte dello stato). Pero ¿en qué consiste tal arte y a qué se refiere Maquiavelo exactamente? ¿qué tipo de expertise o habilidad implica ser un maestro del arte del Estado?

Ser un experto en el arte del Estado no es lo mismo que ser un experto en la Ciencia de la Política o en la Sabiduría Cívica. Maquiavelo no se describe a sí mismo como un conocedor de la ciencia de gobernar o de la administración pública, tampoco dice ser especialista en la teoría de las mejores formas de gobierno o en la teoría de los asuntos ciudadanos.

Maquiavelo se proclama «artista del Estado» en una época en la que la interpretación de Aristóteles y Cicerón sobre la política como ciencia del buen gobierno prevalecía y gozaba de buena fama en tanto la más alta de las ciencias y la actividad más noble; al mismo tiempo que la palabra Estado tiene connotaciones dudosas.

El saber que ofrece Maquiavelo a Lorenzo de Medici, entonces, no es el saber político comúnmente aclamado. No se trata de la preservación de la sociedad civil ni la formación del buen ciudadano (el objetivo de todo buen legislador). No se trata de la mantención y promoción de la justicia y la mesura que permiten el buen vivir en una comunidad política.

Si bien esto puede ser objeto de estudio de una ciencia de la política, no es el objeto de estudio de Maquiavelo, quien fue consciente de que tal conocimiento tiene sus límites.

Los límites de la sabiduría cívica

Maquiavelo, como muchos intelectuales de su época preocupados de estos asuntos, apreciaba el valor que tenían los conocimiento clásicos sobre la forma de vida política. A saber, la vida civilizada en comunidad bajo el imperio de la ley y la búsqueda del bien común.

El escritor florentino consideraba que la vida bajo el gobierno de leyes justas era el más alto bien al que se podía aspirar en la tierra. Admiraba a los filósofos políticos como Aristóteles y Platón y, como ellos, pensaba que la vida política y cívica se basada en los principios de igualdad ante la ley e igualdad de acceso a cargos públicos (en función de recompensar la virtud ciudadana).

Sin embargo, Maquiavelo también era consciente de que una buena legislación y un buen gobierno (acorde a la justicia y la razón) solo podrían existir bajo el dominio del Estado. Una Ciencia de la Política, por lo tanto, sólo puede existir dentro del marco de una estructura política que tiene el poder para ejercer jurisdicción sobre un pueblo en un territorio determinado.

Sin un Estado no hay gobierno posible, por muy bueno que sea. Por tanto, los problemas sobre los que escribió y aconsejó Maquiavelo fueron, principalmente, los problemas de la preservación y expansión del dominio del Estado de Florencia. En otras palabras, Maquiavelo se dedicó al estudio de aquello que precede la legislación y el gobierno, la supervivencia de un Estado que se encuentra amenazado por enemigos mortales.

Cuando el Estado se ve amenazado, los soberanos se enfrentan a situaciones de necesidad en las que la decisión no es entre políticas más o menos ventajosas, sino que entre la vida o la muerte.

Es en estas coyunturas críticas -cuando la vida misma del Estado está en riesgo- en las que la justicia y la razón deben posponerse y la política, en el sentido clásico, es impotente. En estos momentos, además, se presenta con mayor nitidez un conflicto entre el interés del Estado (cuya existencia descansa en crudos actos de violencia ), por un lado, y la ética cristiana, por el otro.

La crítica de Maquiavelo a la política clásica

Maquiavelo no ignoraba la forma en la que los asuntos del Estado eran manejados en su época. Cuando dice que ha escrito en El Príncipe todo lo que ha aprendido sobre el arte del Estado, lo que esta diciendo es que dicho libro contiene todo lo que es necesario saber para preservar el Estado. Esto incluye aquellos actos en los que debe incurrir el príncipe cuando el interés del Estado le empuja a violar las normas morales.

Según Maquiavelo, un gobernante que siempre intenta hacer el bien, entre muchos que no, necesariamente caerá en la ruina. Es por ello que un gobernante debe aprender a «no ser bueno» y saber en qué momento usar esta capacidad según lo imponga la necesidad.

Si un príncipe desea preservar el Estado, dice Maquiavelo, se verá forzado a violar los principios de la moral cristiana. Esta es una cruda verdad que se debe enfrentar, puesto que habrá momentos en los que el gobernante estará obligado a actuar en contra de la buena fe, la humanidad y la religión para proteger el bien superior.

Lo realmente atrevido de estas afirmaciones no es, realmente, su contenido. Estas lecciones no son, para la élite gobernante, algo novedoso. Lo polémico de un autor como Maquiavelo es el hecho de que haya decidido escribir tales saberes en un libro de circulación pública, dirigido no sólo al príncipe (Lorenzo de Medici) sino que, principalmente, al pueblo de Florencia.

La proeza de Maquiavelo es, en verdad, darle al «arte del Estado» una cierta dignidad pública (sacarlo de las sombras y ponerlo a la luz del escrutinio popular).

Se puede decir que El Príncipe es un libro subversivo porque despliega de forma pública (quizás por primera vez) una crítica abierta a los preceptos convencionales sobre los principados. A saber, que para alcanzar la gloria y preservar el Estado, los príncipes deben ser virtuosos y comportarse de forma ética.

Tal era el discurso y tono imperante en un género completo de libros dedicados a aconsejar a los príncipes (espejos de príncipe) en la época de Maquiavelo, quien, por experiencia directa, sabía que los príncipes solo conservan el poder desviándose (cuando lo necesitan) de los preceptos morales.

Aún cuando la crítica de Maquiavelo a la política clásica es radical, su intención no es desechar la tradición de Cicerón completamente. Al contrario, solo desea presentar las limitaciones que tiene este tipo de «sabiduría cívica». Maquiavelo cree que los preceptos clásicos deben seguirse la mayor parte del tiempo, excepto en situaciones de necesidad en las que los enemigos del Estado están dispuestos a emplear cualquier medio para destruirlo.

Lo que hace que el fraude, la mentira, la crueldad, las injusticias y otros medios controversiales sean lícitos para el príncipe, sugiere Maquiavelo, es el hecho de que son usados en contra de un enemigo que está dispuesto a usar estos mismos medios para socavar los intereses del Estado.

Para poner el argumento de Maquiavelo en pocas palabras, en la medida en que un príncipe o gobernante pueda mantenerse dentro de la recta conducta, debe hacerlo. Sin embargo, también debe ser capaz de entrar en el ámbito de lo incorrecto si se ve forzado por la necesidad.

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